Ciborg

«Somos cyborgs, híbridos, mosaicos, quimeras. Los organismos biológicos se han convertido en sistemas bióticos, en máquinas de comunicación como las otras. No existe separación ontológica, fundamental en nuestro conocimiento formal de máquina y organismo, de lo técnico y de lo orgánico.»
—Donna Haraway

En términos simples, la condición cíborg es aquella propia de los organismos cibernéticos. En los comienzos del término se establece como la condición de aquellas formas de vida compuestas de partes orgánicas y biomecatrónicas, definición que suele atribuirse a las reflexiones de Manfred Clynes y Nathan S. Kline, quienes acuñan el acrónimo en 1960 al sumar cibernética con organismo, aunque desde entonces la palabra ha mutado y cobrado otros significados, con sus múltiples usos en el imaginario de la ciencia ficción donde los cíborgs —como explican Francisco Tirado y Martín David de Moura— adquieren otras propiedades, antropomórficas, generalmente como seres masculinos, con cualidades de héroes, de origen misterioso y destino trágico, que «despliegan mecanismos de interpretación paranoicos y constituyen un arma con conciencia, inevitablemente destruye y es destruido», ubicándose en una zona onotógica opaca que les impide ser totalmente cosas o totalmente sujetos.

Esta idea de la ciencia ficción, junto con su contraparte científica, es retomada, cuestionada, deconstruida y expandida en 1985, por Donna Haraway, quien entre la ficción especulativa y la búsqueda científica, indaga en las connotaciones hegemónicas y antropocéntricas de la idea de cíborg y se propone deshacerse de la acepción limitada a superhombres blancos y robots humanoides, para dar lugar a una consideración nueva en la que se define el estado de cíborg de una forma más amplia que la del concepto original, no limitándose meramente a la perspectiva humana, militar, patriarcal, de laboratorio y basada en la imaginería meramente científica, para expandir el término hacia una condición más abierta, ontológica, epistemológica, cultural y biológicamente hablando.

La idea de cíborg de Haraway propone una nueva identidad ubicada en el devenir informático y la imposibilidad de distinción estricta entre perspectivas dualistas; una condición compuesta, evidente en los cuerpos propios de la era tecnocientífica, integrada en un mundo que la autora llama articulado, en el que lo diferente se ensambla y se separa sin importar sus categorías; un mundo en que el cíborg es siempre una figura diluida en la información, una mixtura incesante, un entidad fluida y compuesta en la que tensiones borrosas dan paso a la transformación constante: la ambigüedad de no reconocer una separación esencial entre asuntos como sujeto y objeto, femenino y masculino, orgánico y técnico, organismo y máquina, o natural y artificial. De esta forma se abre paso hacia una concepción del ser donde los límites se desdibujan y la identidad se ubica siempre en el intersticio, en la fusión-confusión de factores, sin trazar fronteras estrictas e invitando a una visión permeable y heterogénea del hecho de ser parcialmente mito y máquina, relación y anatomía, mente y cuerpo.

Su postura se desprende al mismo tiempo de la idea del cíborg como un mero organismo romántico que se unifica con partes agregadas/diseñadas. «Un cuerpo cíborg no es inocente, no nació en un jardín; no busca una identidad unitaria», nos recuerda en su Manifiesto Cyborg, donde hace un constante llamado a concebir el cíborg en una situación mezclada y abierta que rechaza toda pretendida unificación/definición de sus factores, similar a como sucede con otros avatares propios de la teoría posthumanista como el monstruo, el cadáver, el neuromante, la quimera, el zombi y el espectro, frutos de la hibridación incesante, incapaz de determinar una sustancia pura y contrario a ello, en apertura a la transformación, la diferencia, la disrupción y el estado de trance.

Posterior a Haraway se ha seguido ahondando en la idea, incluyendo cuestionamientos como el Mark Dery, que critica la idea de la cíborg sin límites y sin binarismos de Haraway para apuntar al cíborg como «una imagen de dominación donde la carne cede lugar a la máquina tanto en la realidad como en la ficción», aunque en gran medida esa imagen del cíborg Robocop, Terminator y muñeco controlado por fines progresistas o militares, es lo que Haraway busca en gran medida superar, advirtiendo siempre la complejidad del mundo articulado y abrazando la ironía y la controversia ontológica que implica pensar el cíborg, que como afirma Thyrza Nichols Goodeve, «es más un hijo del surrealismo que de la industria militar.» En otras mentes, como la del artista Stelarc, la idea del cíborg subyace desde tiempos ancestrales con el desarrollo de artefactos, herramientas y máquinas, lo cual lo lleva a considerar que «siempre hemos estado acoplados con la tecnología y siempre hemos sido cuerpos prostéticos.» Stelarc localiza lo cíber en el desprendimiento de la piel hacia una multiplicidad corpórea que nos lleva a una situación de cuerpos parcialmente en un lado u otro, nunca en uno solo. «El cuerpo cartesiano y neurótico, con su centro de control cefálico y verticalista, se precipita en un movimiento browniano de descentralización y desorganización», nos recuerdan Nick Land y Sadie Plant. Por su parte, Yvonne Volkart propone una cíborg como organismo rebelde, tecnológicamente hábil y capaz de una forma de placer que es resistencia a lo limitado y apertura a una identidad subversiva y transgresora.

«El cíborg que llega a los estudios culturales y sociales es menos que una cosa y más que un proceso, habla, esencialmente, de sistemas informacionales y de su plasticidad (dinero, bases de datos…) que permiten la generación de formas de ordenación no conocidas hasta el momento, su combinación y recombinación sin límite definido. Por el camino han perdido el hábito masculino, la forma antropomorfa, el destino trágico y su especialización funcional. […] El cíborg expresa una continua traducción —tanto del sujeto humano los organismos vivos como de los objetos y artefactos— a códigos, código genético, codificación numérica e interpretación. [El cíborg] es lúdico y terrible al mismo tiempo. Y es, sobre todo, una cosmovisión que toma como punto de partida las actuales posibilidades de la información. […] El Ruido es el alimento del cíborg. Su pasión. Su razón de ser.»

FRANCISCO TIRADO Y MARTÍN DAVID DE MOURA

Por su parte, Luciana Parisi presenta una interesante reflexión sobre la necesidad de conservar algunas estructuras metafísicas a la hora de cuestionar el poder-conocimiento desde la condición cibernética:

“Si el cíborg es una figuración posgénero, entonces, como nos recuerdan las reflexiones de Lyotard, la diferencia sexual es el cuerpo inconsciente o el inconsciente como cuerpo; lo que requiere una lógica alternativa para pensar la complejidad del pensamiento. Y es aquí donde se puede afirmar que la noción de una inteligencia futura debe seguir teniendo un carácter de género; debe explicitar no tanto el exceso, sino la toma de conciencia del inconsciente sexual de la modernidad, el devenir de los cuerpos no en el orden biológico, sino en el orden de la información. El pensamiento inhumano del cuerpo informacional no es sólo aqueUo que «continúa sin cesar» y «no se deja atrapar por el pensamiento», sino que, por medio de suspender lo ya pensado, logra activar sus configuraclones ñituras en el presente.

Luciana Parisi

Para expandir el concepto: