Espectrología aka. Hauntología

«Pensar la hauntología como la agencia de lo virtual, entendiendo al espectro no como algo sobrenatural, sino como aquello que actúa sin existir (físicamente).»
—Mark Fisher

La espectrología, también traducida como hauntología, proviene de la palabra hauntology (haunting + ontology). El término se origina en el filósofo Derrida dentro de sus reflexiones sobre el marxismo en Los Espectros de Marx, donde le da una nueva connotación a la idea de espectro. La espectrología se refiere a la ontología embrujada: el ser de los espectros, asumidos no como fenómenos paranormales sino como entidades que a pesar de haber dejado de existir o nunca haber existido, siguen apareciendo en la historia y la cultura en otras formas, denominadas espectrales. Lo espectrológico o hauntológico nos habla de la agencia de lo ausente, la presencia del recuerdo y la nostalgia de las cosas que se fueron o que nunca llegaron, pero que siguen ensamblándose en el presente: los sentimientos y acciones de los futuros perdidos. las personas desaparecidas, las ideas inconclusas o los sonidos e imágenes que viajan por ahí desligados de su tiempo original.

La hauntología es posteriormente retomada en los estudios culturales y mediales, principalmente por Mark Fisher, entre otros autores como Grafton Tanner y Simon Reynolds, en quienes lo hauntológico adquiere una connotación sensible, principalmente en el lenguaje audiovisual, donde las tecnologías empleadas en campos como el cine y en la música se consideran agentes del embrujo, lo cual le da un giro teórico y reflexivo a métodos como la grabación y el sampling, este último de vital importancia en la reflexión hauntológica dado que es una técnica que busca explícitamente jugar con el tiempo, al reutilizar grabaciones ya existentes, bien sea para reproducirlas, dejarlas en bucle o transformarlas. Como cuenta Grafton Tanner, «esta habilidad de dar lugar a interminables bucles acentúa la relación del sampling con lo fantasmagórico, y más específicamente, con la idea de los medios embrujados.» La fonografía, a la par de la fotografía y la grabación de video, serán entonces medios espectrológicos por excelencia, capaces de cargar con las cosas ya muertas, extintas o ideales, convirtiéndose en portadores de espectros, «cajas de fantasmas» (ghost boxes), como dirían estos autores.

En años recientes, la espectrología ha ido más allá de los medios audiovisuales para constituirse dentro de los estudios culturales y políticos como un dispositivo que ubica el espectro en lo cotidiano, social y colectivo, sugiriendo así una suerte de constante espectral en la formación del mundo, caracterizada por la aparición de lo muerto, el retorno del pasado y la insistencia de futuros fracasados, la presencia de lo ausente a la manera de una recurrencia fantasmal en múltiples esferas de lo real. Esto hace a la espectrología una disciplina abierta a múltiples campos de investigación, como los estudios literarios, la geografía, la historia, las realidades sociopolíticas, la experiencia ecológica, entre otros, tal y como aparece en la obra de pensadores como Fabian Ludueña Romandini y su obra La Comunidad de los Espectros, David Lapoujade y su trabajo sobre las existencias menores o espectrales, o en el trabajo del investigador Santiago Arcila y su trabajo sobre fuerzas espectrales y violencia en Colombia

En estos casos, la espectrología se refiere a una fantasmagoría transversal a nuestras acciones del día a día, una convivencia con lo ausente y siniestro, no tanto por la presencia de entidades sobrenaturales o fantasmas en el sentido coloquial del término, sino más por las presencias arrancadas del pasado, las memorias que embrujan el presente, las personas desaparecidas, aquellas siluetas de lo que ya se fue o se borró, pero se siguen imprimiendo como el eco interminable de algún sonido. La espectrología nos hablaría entonces de un mecanismo tanto psicológico como social y no meramente ontológico o medial, en tanto no se limita a las cosas que se niegan a irse, sino aquellas que nos negamos olvidar, acercándose un poco a lo que Reynolds llama Retromanía, una obsesión, más o menos sana, con lo que se va; un delirio, más o menos sensato, por mantener los recuerdos como algo vivo, así sea como cosas embrujadas que den lugar a otras en el tiempo. A la larga ningún presente permanece y, contrario a ello, se construye entre futuros y pasados, todos deambulando en una misma maraña de fantasmas.

Para expandir el concepto: