Vaporwave

“Los fantasmas digitales, los fantasmas en nuestras máquinas, nos recuerdan que nuestras creaciones tecnológicas son cualquier cosa menos infalibles, pero nos ponemos profundamente nerviosos cuando nuestras creaciones actúan aparentemente con voluntad propia. […] La ubicuidad de la tecnología digital y la fe desesperada en la redención tecnológica descentran al ser humano como el lugar de la experiencia en la historia, y este pensamiento es difícil de comprender. Cuando nos enfrentamos a la posible existencia de un fantasma, un mal funcionamiento de la ordenada normalidad, retrocedemos con un miedo abyecto. Vivimos en la ilusión fabricada de que todavía estamos separados de nuestras extensiones mediales cuando en realidad somos intrusos que tropezamos en un mundo espectral que no es para nosotros.»

Grafton Tanner

Inició como (micro)género musical en la Internet oculta de comienzos del siglo XXI a partir de pretendidos subgéneros como el chillwave y el pop hipnagógico en obras de artistas como Ariel Pink y James Ferraro, y posteriormente ha evolucionado visual y sonoramente con artistas como Macintosh Plus, Internet Club, Internet Club, Oneotrix Point Never y una interminable lista de alias, anónimos, pseudónimos, heterónimos, camuflados entre luces y sonidos tan fugaces como muchos de los proyectos que han emergido en torno a esta estética, teorizada ampliamente por críticos como Adam Harper y Grafton Tanner.

Haciendo honor a su natalicio en la web, la tendencia vaporwave se expandió entre el intercambio de de cassettes y discos caseros, la prematura YouTube o plataformas como Tumblr, entre otras comunidades virtuales, condensando una vasta serie de figuras hauntológicas fruto de las representaciones que la nostalgia alucina en torno a los artefactos digitales, su procesamiento incidental y la crítica ante la naciente virtualidad. Se incluyen aquí diversos objetos sonoros y visuales usualmente oriundos de la cultura de los años 80 y 90: los videojuegos, la música electrónica underground y los entonces párvulos memes de tendencias como el cyberpunk, el glitch, el lofi, el video clásico y el ambient, todos consumidos en el vaporwave por una suerte de indagación fantasmagórica con el pasado cercano y el capitalismo de medios, donde la remembranza tiende a veces al lamento y al trauma, a los espacios liminales y al horror de las formas nuevas.

No es simplemente la añoranza de lo que se fue o su presencia espectrológica, sino también su uso como entidades efímeras pero disruptivas, gaseosas pero infinitas, reacias a la doxa y la categoría, como un humo contracultural, una guerrilla evanescente ante un capitalismo precipitado por una pretendida solidez, condenado a la utopía virtual propia del consumismo exacerbado. El arte vaporwave anclado a la música, se ha distribuido de forma underground y raras veces comercializado desde sus agentes originales, esto es tanto por el hecho de que las piezas a menudo contienen elementos con derechos de autor, como por la filosofía misma anti-comercial que ha impregnado esta estética desde sus principios, como recuerda Grafton Tanner:

«El vaporware es un producto musical de una cultura plagada por el trauma y la regresión en el capitalismo tardío. […] El vaporware es la música de los «no-tiempos» y los «no-lugares» porque es escéptica con respecto a lo que la cultura de consumo ha hecho con el tiempo y el espacio. La mayor parte del vaporware es crítica con el capitalismo tardío en cada etapa de su producción, desde el material fuente hasta la forma en la que la música es vendida (si es que llega a serlo).»

Una de las primeras piezas icónicas del vaporwave son una serie de videos en bucle que subió a YouTube el sensei electrónico Daniel Lopatin aka. Oneotrix Point Never, en este caso publicados bajo el nombre de sunsetcorp, tomados de su álbum audiovisual Memory Vague y basados en sampleo de versiones alteradas de canciones clásicas de la cultura de baile como I Want You de Gary Low. El resultado es un fidedigno retrato de la espectralidad propia de la cultura del sampling y la memorabilia indeleble del vaporwave, donde los recuerdos aparecen a menudo de formas borrosas, alucinatorias o indefinidas, sugiriendo una carencia de esencia, una presencia embrujada, una contemporaneidad desvanecida, un espacio ambiguo: duermevela, ni aquí ni allá, ni antes ni ahora, sucediendo en tanto se esfuma, como su término cercano ‘vaporware’, que se designa al software o hardware que se anuncia y nunca termina siendo programado o saliendo a la luz: lo que tiende a aparecer pero nunca lo hace del todo.

La estética vaporwave contiene a menudo figuras degradadas de la cultura pop, entre la baja calidad y el neón, con videos de programas de TV de culto, cine, publicidad o producciones caseras procesadas en cintas de Betamax, VHS y grabaciones de cassettes. Las imágenes de entidades digitales como las interfaces clásicas de Macintosh y Windows 95 o los artefactos y gráficos de SEGA, Nintendo, Attari, son a menudo también protagonistas en la grafía del vaporwave, donde se entremezclan y embrujan a partir de procesos de edición amateur, técnicas de variación de pitch y time-stretching, la reverberación excesiva, el ruido, el glitch, los loops y la degradación de la calidad de las formas y colores, dando lugar a a lo que podría considerarse una de las primeras tendencias de alquimia posdigital a la manera de lo que el teórico Adam Harper llama «pop aceleracionista», basada en el código embrujado, adrede, como transgresión, subversión y trascendencia sobre las formas establecidas de la hiperrealidad propia de cultura digital comercial y el mainstream audiovisual mercantil.

Esta postura política es transversal al vaporwave, a menudo crítico y sarcástico con las figuras que samplea, generando un onirismo irónico y redundante que no por ello deja de ser refrescante ante la adictiva y compulsiva invasión técnica de la condición poscapitalista. Para Tanner, el vaporwave es clave para comprender la importancia de lo inquietante de los medios electrónicos en las tendencias artísticas y filosóficas recientes donde el humano está fuera del centro y lo no-humano sale a la luz. Ahora bien, no todo es ganancia: el uso de imaginería pop la hace inevitablemente comercial y le genera una fuerza ambigua en el mercado, como apunta Dechlan Cochran, «como todos los movimientos artísticos clandestinos, está abierto a la explotación por parte de corporaciones que buscan sacar provecho de una tendencia particular», algo que en el caso del vaporware se ve reflejado en marcas de ropa, producción de música comercial, pautas de TV o estrategias de marketing que usan su estética para fines lucrativos y en gran medida opuestos a lo que lo que el vaporwave mismo estaría criticando. De nuevo Harper: «¿Es una crítica al capitalismo o una capitulación ante este? Ambos y ninguno. Estos músicos pueden leerse como sarcásticos anti-capitalistas que revelan las mentiras y los deslices de la tecnocultura moderna y sus representaciones, o como sus voluntariosos facilitadores, temblando de placer con cada nueva ola de delicioso sonido.» Es en general una situación que genera una ambigüedad inevitable que da razón y a la vez pone en jaque la idea misma de vaporwave, que a pesar de hacer referencia al pasado, sigue presente como una máquina de futuros, quizá perdidos, quizá latentes, a la final fieles a su naturaleza: el intersticio.

Para expandir el concepto: